3 diciembre, 2017

A 107 años de la Revolución

A 107 años de la gesta armada que marcó el fin del anquilosado sistema porfiriano, la Revolución Mexicana se ha convertido en una simple conmemoración anual, es decir, dejó de ser el sostén del sistema político. No obstante, valdría la pena reflexionar en torno a la trascendencia de dicho movimiento; recordar sus logros, sopesar sus errores, y, responder la pregunta inicial: ¿fracasó?

Hablar de la Revolución Mexicana es un asunto complejo, no solamente por las implicaciones históricas, políticas y sociales, sino también por el maniqueísmo que prevalece dentro de la narrativa popular. Para sus detractores, no fue más que una lucha por el poder—en parte es cierto—sin embargo, el movimiento no se decantó ahí, sino que aportó algo más que una lucha entre facciones; el nacimiento de un sistema político que gobernó poco más de setenta años.

Ahora bien, si se analiza más a fondo, podemos apreciar que el movimiento armado durante sus diez años de lucha, no generó un plan de acción que propusiera un nuevo sistema de gobierno. Esto se tradujo en cinco años en contra del tirano—primero de Díaz y después de Huerta—para, posteriormente, hundirse en una decadente lucha de facciones. Evidentemente la publicación de la Constitución de 1917 no dio resultados inmediatos. Germinó hasta la conformación del sistema rampante que comenzaba a florecer en la posrevolución.

El asesinato de Álvaro Obregón frente a la sucesión presidencial en 1928 significó el principio del fin para la era armada y la conformación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), antecedente de lo que más adelante se llamaría Partido Revolucionario Institucional (PRI). Su fundador, Plutarco Elías Calles, cocinó hábilmente un platillo capaz de dirimir las pugnas entre facciones; sentar a comer a todos en la misma mesa. Militares, campesinos, obreros, burócratas, todos como una gran familia, como una familia revolucionaria. De este modo la Revolución Mexicana se había institucionalizado para gobernar México.

Sin embargo, el motor del nuevo Partido comenzó a tener problemas para funcionar correctamente. El primero de ellos y, quizá más significativo fue la perpetuidad en el poder. Tras diez años de lucha armada, la reelección en el cargo no figuraba como opción dentro del nuevo sistema. “El Jefe Máximo” apelando a la lógica revolucionaria, instauró una era de dominación sobre tres “presidentes” que le obedecían indiscutiblemente. Periodo también conocido como “Maximato”.

No fue sino hasta la llegada de Lázaro Cárdenas al poder, cuando el Maximato llego a su fin, Calles fue exiliado y Cárdenas inició una serie de acciones que fortalecieron el sistema, pero también fueron la pauta para el despegue de México en diversos rubros y sectores.

Avance, modernidad, desarrollo y justicia social, fueron los estandartes que proyectó el Milagro Mexicano como uno de los logros alcanzados por la Revolución. Durante la primera media centuria del siglo XX, la Revolución fue un éxito, modelo a seguir, y sustento del régimen. Aunque, más tarde que temprano los errores se volverían evidentes, las fallas y problemas aumentarían insospechadamente.

El devenir del siglo XX trajo consigo una serie de cambios convulsos y verticales en materia social, uno de los más significativos fueron los movimientos de contracultura. Ante semejante torbellino que se vislumbraba, el régimen decidió hacerle frente de la manera más cerrada posible, la represión. Para tales efectos, “el Abogado del Orden”—según Enrique Krauze—Gobernó un país que se sumía en el desorden. Trayendo consigo consecuencias fatales, como lo fue el 2 de octubre.

Masacres, desapariciones forzadas y en general una Guerra Sucia fueron los saldos del priismo durante las décadas de los 60 y 70. Tal y como lo declaró Lázaro Cárdenas al enterarse de lo ocurrido en Tlatelolco: “No puedo creer que los soldados de la revolución hayan podido hacer eso”. La Revolución Mexicana se había convertido en un Estado autoritario, aplicando a la máxima de “pan” o “palo”.

Las crisis económicas, devaluaciones y, problemas financieros agravados que, precedieron la llega del neoliberalismo, marcaron la muerte del discurso y trasfondo revolucionario como cerebro del sistema. El arribo de Carlos Salinas de Gortari al poder representa el clímax de la triste historia que cocinó Elías Calles durante la posrevolución. Ya que, aunque no se hizo de manera oficial, extraoficialmente, la revolución quedaba vetada de los discursos oficiales, y en general del sustento del régimen, dándole paso a renovados aderezos del poder.

Es así como la revolución se disecó sin acabar el siglo que la vio nacer. Regresando a la pregunta inicial, ¿fracasó?, no lo creo. Sirvió a la élite política mientras le funcionó, sin embargo, el abuso de esta la decantó hasta extinguirla. Aunque, el nacimiento del sistema que trajo consigo, formuló prácticas políticas dentro del engranaje oficial. Dicho de otro modo, aportó herramientas para la sucesión presidencial, la renovación del poder, y, sobre todo, el mantenimiento del régimen.

Clara prueba de lo anterior es el “tapadismo” que, a pesar del tiempo, la práctica se mantiene incólume. Peña Nieto se decidió por José Antonio Meade, las cartas están puestas sobre la mesa. El pasado nos pone pistas, tomémoslas o dejémoslas.

Siempre.mx

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