9 noviembre, 2017

Foro nuevas generaciones STUNAM

@octaviosolis

La palabra juventud es ante todo vitalidad, también se le adjudica renovación. Los jóvenes han irrumpido con fuerza en todas partes, con distintas resonancias y en diferentes momentos. De ese mismo tamaño es la ausencia de un análisis respecto al valor, características y su significado, opacado por la efervescencia y áurea mítica que cubre a tan romántica palabra: juventud. La definición simplista nos dice que la edad joven es entre los 15 y 28 años, pero lo anterior sólo nos sirve para saber el límite de edad según la Organización de la Naciones Unidas (ONU). Poco ayuda a problematizar el fenómeno.

En realidad la idea de juventud como una larga etapa de la vida, es algo reciente en la historia de las sociedades. El concepto es una herencia de la posguerra (1945) del siglo pasado. Antes de eso, en el capitalismo salvaje la pubertad y adolescencia apenas la hacían de periodo juvenil. Los párvulos pasaban de una edad del juego al compromiso. Las razones son varias: el promedio y la esperanza de vida eran más cortos; la maduración llegaba antes. Las economías del mundo requerían mano de obra en forma más acelerada.

El periodo de posguerra es conocido como la época dorada del capitalismo. Se logró un crecimiento económico mundial como nunca en la historia, aunque lo anterior no se tradujo en verdadero desarrollo; la distribución de la riqueza tuvo sus limitaciones. Pero produjo el surgimiento de la clase media.

El bono demográfico inicia su gran detonación para la década de los sesenta y asoma cabeza el tema de la educación de masas. Aparece entonces la figura del estudiante ya no sólo como un sector ilustrado sino crítico de su entorno social, con capacidad de movilización.

En esa misma década, en todo el mundo estallaron movimientos juveniles sin respetar ninguna geografía ideológica; protestaron por igual contra el autoritarismo del socialismo real, como por los abusos del capitalismo primermundista. En México, los jóvenes evidenciaron la esquizofrenia nacional; esto es, vivir en la simulación democrática por el embrujo de un crecimiento económico. Fueron movimientos en esencia democráticos.

Fue en esos años en que el término juventud se propaló como resorte de la historia. Se aceptó sin miramientos una pureza del término que hoy requiere su desprendimiento para ser revalorado, aunque en nuestro país se pagó el alto precio de la represión (1968 y 1971) para que obtuvieran un lugar en este mundo de mayores.

Las grandes transformaciones históricas han sido obra principalmente de generaciones jóvenes. En 1923 José Ortega y Gasset publicó su célebre ensayo El tema de nuestro tiempo, donde define a “la generación” como el concepto más importante de la historia. Para el filósofo español cada generación tiene en su seno una dualidad entre lo heredado y lo propio. Dependerá de su fuerza y capacidad de originalidad para generar una renovación. Hay generaciones acumulativas y otras polémicas.

Cada 30 o 40 años se genera un cambio potenciado por una generación polémica. En México la última crisis generacional, de ruptura, había sido en 1968. Esto no significa que no hayan existido movimientos estudiantiles posteriores a ese año axial, pero ninguno de ellos estuvo en el marco de una época eliminatoria y polémica como diría el autor de La rebelión de las masas. Los sesentaiocheros renovaron la política, el arte, el periodismo, la literatura, y el sindicalismo en México. Sus efectos aún se logran sentir, aunque su fuerza renovadora se quedó atorada a finales del siglo XX.

El espasmo y la falta de cambio verdadero ante las severas crisis que atraviesa nuestro país desde hace ya varias décadas, son uno de los distintos motivos que acumularon la lista de agravios para el surgimiento de #YoSoy132 en 2012; el botón de su indignación, fue el ominoso retorno del autoritarismo y corrupción, encarnados en el candidato del tricolor. Una condición propia de los movimientos generacionales es que, invariablemente, sus efectos y alcances trascienden la etapa conocida como coyuntura; periodo breve e intenso. Ya sea que se extinga en su fase de movilización social, o mute hacia un movimiento político*, su fuerza transformadora deviene en diferentes cauces de transformación social, política, cultural, artística.

En su momento #YoSoy132 refrescó la vida social en México, marcó incluso el inicio de una nueva etapa en la vida pública de nuestro país. Es ésta una generación de ruptura, que ha decidido sacudir su realidad, una realidad que padece un caso crónico de envejecimiento institucional. Pero es necesario alejarse del espontaneísmo, para asumir la construcción de nuevas instituciones.

La limitación de dicho movimiento se dio precisamente en ese giro de tuerca. La animadversión para con los partidos y los políticos tradicionales, cercenó la posibilidad de renovar la política desde la política; por ende, estar en condiciones de disputar el Estado. Por otro lado, también afectó el hecho de la posterior fundación de un nuevo partido de izquierda (Morena) que se adelantó y recogió esa inercia social, sin que la juventud protagonizara el proceso como en España.

El problema con la idea de juventud es que se asume como una etapa aislada de la vida, incluso a veces como un fin en sí mismo: “Los jóvenes despertaron”, como si en ello estuviera la solución a todos los problemas. No basta con despertar, con movilizarse, es obligada una etapa de transición, para pasar a la construcción de mayor aliento.

En noviembre de 1953 apareció en Argentina la mítica revista Contorno. Abre aquella primera edición un artículo polémico (Los “martinfierristas”: su tiempo y el nuestro) de Juan José Sabrelí donde critica a los “martinfierristas”, grupo dirigido por Jorge Luís Borges y Oliverio Girondo, entre otros. En aquel texto crítico sobre la idea de juventud, Sabrelí remata con una frase que es importante re-contextualizar: “La juventud no encuentra en sí misma su solución, hace falta que se destruya para que surja de ella el hombre”.

Parecido a la experiencia del enamoramiento individual, la preservación de dicho sentimiento sólo es posible a través del tránsito doloroso y natural, casi suicida, hacia la institucionalización del amor, donde la pasión cede paso a la razón. De igual forma, el movimiento social apremia convertirse en movimiento político, institucionalizarse para preservar su continuo avance en la espiral histórica, concertada en muertes simbólicas y cíclicas, que únicamente puede ser suspendido por el aplastamiento de la violencia o la inmadurez política.

Pero Sabrelí va más allá al decir que “La revolución es un acto de dos fases: la negatividad que es la aventura, y la construcción que es el orden y disciplina […] Una revolución así puramente negativa, destructora, anárquica, se asemeja más que a una revolución a una fiesta”. Pues se privilegia la rebeldía, reducida al escándalo y provocación de no ser consumada en una alternativa institucional.

A pesar del enorme pesimismo y desconfianza que Sabrelí proyecta hacia la idea de juventud y que no comparto fielmente, aporta un elemento que hasta entonces había sido poco discutido: la juventud como una categoría social y política, es decir, antes de debatir sobre juventud, es preciso contextualizar la palabra para lograr un mayor provecho y sentido.

De igual forma, debemos sacudirnos el romanticismo que funde como palabras sinónimas: juventud con revolucionario. Nada más alejado de la realidad. La reproducción del pensamiento conservador deposita su semilla también en los pechos encendidos de los jóvenes, aunque algunas veces tarde años en florecer y mostrase. En esa dualidad confrontada, no siempre gana el pensamiento progresista, revolucionario.

La juventud no necesariamente representa una evolución histórica, en ocasiones significa continuidad o hasta retroceso. Las bases más fervorosas del movimiento fascista italiano y el nacionalsocialista alemán, fueron cientos de miles de adolescentes. Por ende, juventud no significa sustancialmente renovación, aunque es la edad de mayor vitalidad para favorecer una transformación hacia delante.

La renovación requiere vitalidad; condición obligada de la juventud, pues exige riesgos y aferrase a la utopía, algo que muy pocos mayores mantienen al final de sus días, ya sea porque se quebranta su voluntad o simplemente por preservar intactos sus intereses. Las excepciones son eso, excepciones, aunque no dejan de ser grandes ejemplos: Javier Barrios Sierra, José Revueltas, Salvador Allende, entre otros. Luego entonces juventud no únicamente es una edad determinada, según la ONU, sino un estado de ánimo. Hay viejos prematuros y también jóvenes de espíritu.

Ese deseo de cambio debe procurarse, arroparse ante los fuertes vientos de la desesperanza. A la par de ello, hay que asumir la efervescencia juvenil como algo transitorio, con miras de largo alcance. La irrupción es sólo eso, un instante de ruptura para bregar cambios, mismos que sólo pueden consolidarse en el largo plazo.

Sobre los jóvenes sindicalistas de la Universidad Nacional Autónoma de México, apremia la mirada en contexto. El epíteto de sindicalista obliga una definición de juventud distinta por tiempo de vida e intereses. La gran mayoría de los jóvenes entra a laborar con un promedio de edad de 20 años. A esto hay que sumarle que adquirir una experiencia político-sindical sólida, es decir, convertirse en un cuadro sindical, requiere por lo menos 10 años; de ahí que en estricto apego a lo que la ONU entiende por joven, queda fuera de proporciones para el caso de la definición de joven sindicalista, pues es hasta los 30 que se cumple con el término.

Cuando se habla de juventud no debe hacerse desde una idea abstracta, etérea, se tiene que contextualizar el momento y el lugar, ya que no es lo mismo un joven sin oportunidades, frente a uno que sólo estudia, el que únicamente trabaja, o el que estudia y trabaja al mismo tiempo; cada uno tiene necesidades e ideas diferentes.

Ser sindicalista es por antonomasia ser de izquierda. Una cosa es estar afiliado por pertenencia y otra participar activamente, militar en la organización sindical. Decidir la actividad sindical como proyecto de vida, significa esencialmente abrazar la idea de que se defiende a una mayoría, organizada o no, ante una minoría que ostenta los recursos y los medios de producción. Dicho de otra manera, se puede ser un feligrés de poca fe, pero nunca un predicador sin firmes convicciones de lo que se pregona, un simpatizante de un partido político con voto cambiante, pero nunca un militante detractor, sin que lo anterior represente hipocresía.

Esa praxis sindicalista se sostiene ideológicamente desde una filosofía colectivista. Por eso el modelo neoliberal es el enemigo por natura, pues atenta contra todo aquello que no promueva el individualismo; la humedad que roe cualquier tipo de organización colectiva. De ahí que las nuevas generaciones debemos asumir una responsabilidad central: preservar el legado histórico y político, lograrlo obliga dos tareas fundamentales.

1) Conservar el espíritu de colectividad, pues fortalecer nuestros principios ideológicos es afianzar nuestra supervivencia, y 2) La reivindicación y el fortalecimiento del sindicalismo nacional, para impulsar una alternativa política que revierta el modelo económico que en esencia es enemigo del colectivismo. En gran medida el futuro de la organización se define entre una defensa ideológica interna y una disputa política externa.

El reto es escucharlos, aprender a derribar los mitos para deshacer las concepciones previas. No cometamos los mismos errores de aquellos que pensaron que a partir de los ochenta, todas las generaciones de jóvenes se podían catalogar como “X”, por su apatía y desinterés en los asuntos públicos. Ahí está el ex rector Barnés de Castro, cuando trató de incrementar las cuotas dentro de la Universidad Nacional en 1999, pues que creía que aquellos jóvenes no iban a movilizarse, e incluso, ni siquiera interesarse por la política universitaria.

Y más recientemente, los miles de jóvenes de distintas clases sociales e ideologías que fueron parte sustancial de la solidaridad ante los derrumbes del pasado sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México. Lo que evidencia que la respuesta a la apatía juvenil por los asuntos públicos, jamás se encontrará en la juventud misma, sino en su entorno social. Sucede que los jóvenes son los más difíciles de entusiasmar política y electoralmente, ya que para ellos es más importante el reconocimiento identitario, que la clientela política.

Por lo que sólo hay dos caminos para despertar su interés en el espacio público, ya sea como producto de un desastre social, es decir la indignación, como fue el caso de los 43 normalistas desaparecidos, de un desastre natural, que obliga solidaridad por vulnerabilidad, o como consecuencia de la formación política. Al final, todo se reduce a la conciencia, por necesidad, crisis o formación.

Si algo caracteriza al sector juvenil es su fuerza revitalizadora para movilizarse y sorprender. Este es el momento justo para incursionar sobre la formación política. El camino es largo y las tareas enormes, de ese tamaño deberá ser nuestra voluntad para mejorar y transformar nuestro país.

* En política no hay leyes pero sí inercias. En algunos casos como en España (2011); del movimiento juvenil conocido como Los indignados surgió el partido político Podemos, liderado por jóvenes. En esta experiencia se logró pasar de la movilización espontanea a un proceso de institucionalización política. En el caso del México post 68, aparecieron distintos partidos de izquierda (PMT, PSUM, PMS)  durante la década de los setenta y ochenta que culminaron en la unidad política con el Frente Democrático Nacional en 1988.

 

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