25 octubre, 2017

#19S La generación del desastre y rescate nacional

@octaviosolis

—Esto pasó en septiembre.

No en el septiembre de este año sino en el del año pasado.

¿O fue el antepasado, Melitón?  

—No, fue el pasado.

 — Sí, si yo me acordaba bien.

Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno.

Óyeme, Melitón, ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor?

 —Fue un poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.

(Fragmento de El día del derrumbe, en El llano en llamas, de Juan Rulfo, 1953)

 

Cuando la tierra se sacude se fisuran y hasta derrumban edificios. Lo mismo pasa con nuestra psique. Algo se quiebra dentro de uno, por eso sobrevienen sacudidas sociales y políticas. Cada cierto tiempo, como si cada generación tuviese que aprenderlo por sí misma, esta impredecible ciudad nos recuerda lo que José Alfredo encerró en una frase: la vida no vale nada.

Y todo aquello que se había postergado se define de una vez y para siempre, la duda de un amor, cambiar de rutina, de trabajo. También acontece un cambio en la conciencia. Bien valdría una reflexión acerca de lo que el sismo pasado removió, además del concreto, menos duro y terco que las mentalidades.

Al respecto, el sismo de 1985 sigue vigente como referente, no por lo trágico y catastrófico, ni por su magnitud, ni tampoco por la simbólica y fatídica coincidencia en la fecha: 19 de septiembre, sino por una sola palabra más poderosa que cualquier institución o Estado: solidaridad. Al igual que hace 32 años, los que llegaron primero para el rescate de personas fueron los vecinos y quienes por ahí transitaban en el momento de los derrumbes en este sismo de 7.1 en la Ciudad de México. En cuestión de horas surgió una organización popular espontanea.

Las diferencias entre ambos terremotos no es un asunto menor, ya que hace más de tres décadas, se calcula que murieron 10 mil personas, hubo más de 400 derrumbes, mientras que este año fallecieron alrededor de 300, y hubo más de 50 derrumbes en la Ciudad de México. La magnitud del anterior fue de 8.1, mientras que el último fue de 7.1. En lo político, no sólo la capital, sino el país casi en su totalidad, era gobernada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Sin embargo, a pesar de la distancia en tiempo y catástrofe, resultan trágicos y dolorosos ambos hechos, por la corrupción, impotencia, las escenas de personas muertas y despojadas, además del lucro con la tragedia, todo ello aún vigente. Pero también son símiles por la gran lección que nos deja la espontanea ayuda de la sociedad; el apoyo a los damnificados en Oaxaca y Chiapas del 7 de septiembre, y para los afectados del 19 del mismo mes en la capital del país.

Solidaridad, palabra devorada en una urbe tan grande, que diluye en anonimato a cualquiera, por lo que pocas veces nos reconocemos en el otro que camina junto a nosotros. Uno de sus detonantes es la indignación; botón de cualquier movilización social. Salimos a las calles para solidarizarnos por alguna causa que nos indigna. Difundimos y compartimos información, conversamos sobre el tema, nos manifestamos, pero hasta ahí, la gran masa retorna a su orden de vida después de la coyuntura, por lo que bien podría denominarse como una solidaridad social primaria. Está también la empatía social por compasión, como lo fue por los afectados del sismo en Oaxaca y Chiapas, pero la más poderosa de todas es la que emana de la vulnerabilidad, con la que todos nos sentimos iguales, esa lleva directo a la organización, sin mediar la movilización.

La gente se apodera del espacio público para reconstruirlo con sus propias manos, se organiza al margen del Estado, con quien mantiene una relación tensa por la desconfianza muchas veces justificada. Esto, ya es un paso firme hacia la politización; la solidaridad nos politiza porque interpela al otro desde el nosotros, desvanece los muros entre lo público y lo privado, donde antes nos atrincherábamos sin querer reconocer que lo personal está determinado por lo público.

Surgen después las preguntas ¿Por qué se cayó este edificio, alguien no cumplió con el reglamento? ¿Por qué no pudieron salir las costureras a tiempo, en qué condiciones laboraban, por qué de nuevo “ellas” como en 1985? ¿Quién me regresará mi vivienda? Preguntas que no se pueden responder sin discutir la vida pública, la cuestión política (la res pública). Desde ese momento, ya todo es personal, nos involucra. Por lo que nos obliga una mirada hacia adelante y más colectiva. Es muy probable que la participación electoral para el 2018 sea mayor que otros años, con una agenda referida al tema del sismo y la demanda de los damnificados.

Los jóvenes son los más difíciles de entusiasmar electoralmente, por la constante aridez en la oferta política, porque movilizarlos requiere menos clientela y más seducción identitaria, pero su participación actualmente, resulta fundamental. Una de las consecuencias del sismo pasado, es que muchas de esas interrogantes estarán presentes en la elección presidencial. A veces son años para que esa inercia social se traduzca en transformación social. Como los efectos del sismo de 1985, concretados en la alternancia política de 1997 cuando el PRI dejó de ser mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y perdió el gobierno de la Ciudad de México.

Ahora que ha sido inevitable el retorno a la cotidianidad, no necesariamente por egoísmo, sino porque en la vida apremian certezas para continuar. Que también se requiere valentía para recuperar los espacios cotidianos que el temblor nos arrebató por unos días. Ahora que empieza la fase de reconstrucción, solución de demandas; nos alienta pensar que esa cotidianidad, a pesar de ser la misma, está recubierta por nuevas formas de asimilación de la vida social. Se indaga, se pregunta, se cuestiona un poco más.

La solidaridad es también tierra fértil para la construcción de alternativas políticas, por su capacidad de agigantar la alegría al reafirmar la vida. Sólo hay dos formas de vencer el miedo: a través de una experiencia amorosa (individual o colectiva), y cuando se encara la muerte, quien por cierto nos iguala democráticamente a todos. Una vez derrotado, se puede caminar libremente, y difícilmente se renuncia a ello por un largo tiempo, hasta que la voluntad es quebrada, entonces vendrá otra generación para renovarla. Todo lo que acontece no se borra ni se pierde, se acumula en la memoria colectiva. Así esta juventud, nacida en el desastre nacional, le ha tocado ser también, la del rescate nacional.

Estos cuatro jóvenes fueron voluntarios en el colegio Enrique Rébsamen. Al día siguiente del terremoto llevaban más de 24 horas trabajando sin descanso, tratando de encontrar a alguien con vida. Son trabajadores de la construcción que ese 19 de septiembre tenían una obra cerca de ahí, estaban repavimentando algunas calles… y ya no se fueron a sus casas. Aunque tímidos, accedieron a que les tomara esta foto; sirva como un homenaje a ellos y a todxs los que fueron voluntarios en esos días aciagos de septiembre. Imagen: Imelda García en Reporte Índigo

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