13 octubre, 2017

Los sismos, desde Tenochtitlan hasta nuestros días

@raulraulgonzal1

Casi un mes ha pasado desde el fatídico sismo del 19 de septiembre. Las consecuencias se perciben claramente; la ciudad sigue destruida y la sociedad se encuentra herida, por otra parte, lejos de darle una solución eficaz, el gobierno (en sus tres niveles) se ha limitado a ofrecer soluciones paliativas que revelan el atraso en materia de Protección Civil y seguridad personal.

Mediáticamente el tema de los sismos ha dejado de estar en boga, pues como sabemos, la agenda informativa se renueva día con día, sin embargo, hablar de sismos y terremotos no es cuestión de agendas ni muchos menos de modas. Hablar de ellos, significa comprender los fenómenos naturales.

Por sus condiciones geográficas, México se ha enfrentado con decenas de sismos a lo largo de su historia. Evidentemente, la forma como ha respondido evoluciona constantemente. Los movimientos telúricos que sacuden la capital—y sus alrededores—se originan principalmente en las costas del Océano Pacífico, Jalisco, Oaxaca, Guerrero y Chiapas. Durante el México prehispánico, los antiguos habitantes de la cuenca de México registraron estos fenómenos en códices que pasaron a la posteridad para ayudar a entender cómo se vivieron estos fenómenos en esa época.

Tlalollín es la palabra en náhuatl que se utilizaba para describir los sismos, Tlalli significa tierra y Ollín movimiento, es así como nace el término movimiento de la tierra, ocupado en los códices que registraron esos movimientos. Al observar estos registros, resulta sumamente interesante observar cómo se clasificaban los sismos; dos glifos, dependiendo de cuando ocurrió el sismo, es decir, se ocupaba un glifo para los sismos del día y otro para los de noche.

Dependiendo de la posición del símbolo Ollín en relación con el Tlalli se ha calculado la intensidad y el tipo de sismo; en ocasiones el primero se encuentra arriba, otras en medio y algunas veces hay dos o más Tlallis.  Gracias a estas representaciones pictográficas se sabe que el pueblo mexica sufrió al menos 8 terremotos de 8.1o, la misma magnitud que el temblor de 1985.

Tras el arribo de los españoles a Mesoamérica, la manera de registrar los sismos cambió diametralmente. En este caso el cristianismo jugó un papel importante, no sólo en la manera de registrar sino también de explicar los movimientos telúricos. Es así como de acuerdo con el santoral católico se hacía referencia a los años de los sismos, por ejemplo, se anotaba que un temblor ocurrió en la Pascua de Navidad (1545) o el día de San Antonio de Padua (1691) o bien el día de Pentecostés (1564).

El 19 de marzo de 1682 un sismo originado en las costas de Oaxaca y Guerrero azotaron a la Ciudad de México, ese mismo día se celebraba a San José, debido a ello lo coronaron como santo patrono de los sismos. De este modo, el catolicismo, refundó la cosmovisión indígena para comprender y explicar los fenómenos de la naturaleza.

Ahora bien, si de registros se habla, una vez asentada la conquista espiritual, los sacerdotes cambiaron la manera de registrar los temblores; la duración se cuantificó en rezos y no en pictogramas. Veamos un ejemplo.

En la noche del 24 de diciembre de 1545, a la llegada de fray Bartolomé de las Casas, él nuevo obispo de Chiapas a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas); El fraile dominico Francisco Ximénez, nos relató lo siguiente:

“aquella noche antes de que el obispo entrase, o dos noches antes que de esto no nos acordamos bien, hizo un tan gran temblor de tierra, que pensamos que se hundía el mundo”

También apunta:

“Hizo un tan grande temblor en la tierra, que pensamos que se hundía el mundo y duró espacio de tres salmos de miserere que a todos nos puso en admiración”

Ejemplos como el anterior se pueden encontrar en diversas notas y apuntes de frailes evangelizadores que se dedicaron a realizar un seguimiento arduo de esta clase de fenómenos naturales.

Conforme pasó el tiempo, el uso de rezos para cuantificar temblores se fue descartando. Esto aunado a la introducción del reloj (poco después del siglo XVIII), lo que permitió que, en los registros, ya se utilizara el minuto como unidad de medida. Un claro ejemplo de este avance tecnológico se puede observar en el sismo que acaeció en Veracruz el 10 de octubre de 1777, el cual se registró de la siguiente manera: “Noche del 9 al 10 como a los 12 y 18 minutos”.

Dentro de la sismicidad es inevitable hacer un recuento sobre los temblores de mayor magnitud que se han tenido registro en el país. El primero de ellos ocurrió en el año de 1845, el séptimo día del mes de abril, que devastó las zonas de Tlalpan y Xochimilco. Sin embargo, más adelante, a mediados de siglo y en plena Guerra de Reforma, sucedió el sismo de mayor magnitud y duración del que se tenga memoria. Con una magnitud de 9.00 y con una duración aproximada de 6 minutos, dicho sismo acabó con gran parte de Texcoco.

A la par de estas catástrofes, el país avanzaba en materia tecnológica, en principio con la adopción de un método científico para registrar, y, en el año de 1910, de manera más sofisticada con la fundación del Servicio Sismológico Nacional el 5 de septiembre.

De los primeros temblores que tomó registro el SSN, fue el de junio de 1911, mejor conocido como “el temblor maderista”, ya que se dio precisamente a la entrada de Francisco I. Madero a la Ciudad de México. “El temblor maderista” acabó con la vida de 40 personas y provocó 16 heridos, esto sin contar los edificios dañados en la ciudad, principalmente en la colonia Santa María la Ribera.

En los años posteriores del siglo XX, los temblores fueron desastres que continuaron marcando la historia de México. De entre los principales, podemos destacar los siguientes:

  • 2:44 am, del 28 de julio de 1957, sismo de 8.00. Provocó el colapso del ángel de la independencia.
  • 7:19 am, 19 de septiembre de 1985, sismo de 8.50, Provocó la muerte de aproximadamente 10 mil víctimas.

Como hemos visto, los sismos en México no son fenómenos aislados, representan un riesgo latente para poblaciones como las del altiplano central, o bien en las zonas costeras. Esto no solamente ha quedado demostrado con los sismos de los últimos meses sino también quedaron asentados en la historia de nuestro país, ya que significa un grave problema geográfico. Como mexicanos, nos queda aprender de los errores del pasado para poder generar un futuro basado en el conocimiento, responsabilidad, cuidado y seguridad.