2 octubre, 2017

Una ironía de un segundo 19 – Parte 1

Mercedes González

Un par de horas después de una sacudida de 7.1° Ritchter, después de aquel primer temblor que realmente me hizo temblar; pensé que en realidad no había sido grave, pero al enterarme de que un edificio de tantos, había colapsado en la misma colonia en la que me encontraba, gracias a tantas historias que he escuchado del 85, supe que podía ayudar, aún sin ser ingeniero, ni médica, ni albañil (que como se rifaron, más que cualquier profesionista que me haya tocado ver). Dispuse mi rumbo hacia donde el GPS me marcaba, cuando llegué después de caminar cerca de 40 minutos todo era confusión, quise incorporarme en alguna tarea, pero no sabía en qué, veía los rostros de todos los demás y estaban igual de consternados, no entendíamos qué se hace en una situación así, poco a poco me fui incorporando en labores más cerca del derrumbe, pasé de llenar bolsas de agua a cargar botes, a formar una nueva fila de botes para retirar escombro, conforme me acercaba al pie del derrumbe tenía más claridad y más confusión.

En ese momento dos personas llevaban cargando un cuerpo, noté que les costaba trabajo, avanzaban dos o tres pasos y descansaban el cuerpo en la banqueta, manchándola de rojo, la sangre había traspasado el cobertor en el que reposaba, parecía una esponja que había absorbido tanta sangre, pero no era sangre como la de las películas, era sangre más roja, más negra, mas seca, más húmeda, más dolorosa. Volvían a levantarla unos pasos y lo repetían.

También noté que todos esos que estábamos deseosos de ayudar, no lo haríamos en cualquier labor, me salí de inmediato de la fila donde estaba y les pregunté si ayudaba, me dijeron que sí, era una mujer mal cubierta de su rostro, lo primero que pensé es que debió haber tenido una deformidad: su cabeza era muy grande y su piel morada, traía una sudadera verde agua, su cuerpo regordete no era proporcional a su estatura. Tuvo que pasar más de un día para que entendiera que no era una deformidad, estaba así por los golpes del derrumbe. Les pregunté hacia dónde la llevábamos, pero que me hubiera incorporado después a cargarla, no significaba que ellos tuvieran más información que yo, sólo me voltearon a ver pero no respondieron, caminamos alejándola del derrumbe hasta encontrar un espacio vacío en el suelo junto a un auto, la señora que cargaba me tomó del brazo y me dijo que ella la cuidaría. Me fui y me reincorporé a la fila a cargar botes.

Había un caos impresionante, parecía que nos estorbábamos unos a otros como tanto lo han repetido en las noticias, sin embargo había una organización aún mayor a ese caos, éramos como abejas laborando, quien no estuviera dentro no podía entender la organización que se vivía. Llegó una chica joven, no más de 25 años, con una bata mal lavada de laboratorio a gritar, todos la veíamos sin prestarle atención, nos gritaba que lo hacíamos mal, que deshiciéramos las filas, que nos fuéramos, que estorbábamos, supongo que la “tolerancia” (sí, ese sentimiento de “me aguanto porque no hay de otra”) operó con límites mayores a los comunes. Nadie dijo nada, sólo nos volteábamos a ver y nadie cambiaba en nada su tarea. Un chico en la fila frente a mi sacó una cámara entre bote y bote, ella intentó correrlo y fue cuando no pude más, le dije que se calmara que no podía estar corriendo a nadie, ella se hizo espacio entre la gente y fue hacia mí a tomarme del brazo, se lo quité y le dije que no me gustaba que me tocaran, no volvió a aparecer en esa zona gritando, mis nervios me lo agradecieron.

Cuando llegué yo, no había policías, sólo los de la zona, eran escasos, en algún momento que no me percaté llegaron varios, de cuerpos más robustos y con equipo antimotines. Llegaron con una actitud muy déspota, frente mí intentaron correr a unos chambers de la construcción que iban llegando, le dije a uno de ellos “así son carnal, culeros, tú no les hagas caso” me respondió que como no era su familia, por eso no les importaba, eso debió haber sido unas cuatro o cinco horas después del temblor.

El cerdo/tira/policía se quedó cerca de mí, él sí que estorbaba, le dije que se quitara porque estorbaba, muy agresivamente me dijo que no le hablara así, en ese momento llegó un bote a mí, con toda la intención lo golpee y en eso una señoras le empezaron a reclamar cosas, prefirió irse sin decir nada.
Después de eso llegó el ejército, todos le aplaudían, en un primer momento me molesté, parecía que no recordaban que esos putos desaparecen estudiantes, que son asesinos, ladrones y corruptos. También entendí después que la gente quería recibir órdenes, no pienso que por una cuestión de sumisión, más bien porque estábamos desesperados, queriendo sacar a gente lo más pronto posible y uno podía imaginar que ellos tendrían la preparación. Lo único que hacían era buscar respuestas, como yo, pero en un lugar diferente al que las buscaba.

Mientras pasaban los botes también pasaban objetos, de la vida, del diario, podías reconstruir a las personas, un músico, una madre, un bebé… pasaban un refri, una estufa, una mesa, una flauta… pero ya nada era y seguía siendo, para mí todo fue confusión.

También recuerdo el entusiasmo con el que pedían camillas, y la tristeza con la que regresaban vacías, buscaba respuesta en los rostros pero nunca encontré nada.

 

Como a las 7 de la noche sentía que mis brazos no me respondían, me dio miedo tirar algún bote, recordé que no había comido nada, voltee a mí alrededor y había rostros diferentes, mucha gente, pensé que podía irme sin problema, me fui en metro, estaba vacío, me senté y era como que nada pasara, no sentía nada, extrañeza sí pero era como que se hubieran bloqueado mis sentimientos. Llegué a casa a bañarme y según a intentar dormir (olvidé comer), no pude, me enteré que unos amigos irían a otro edificio derrumbado, como no podía cerrar los ojos sin sentir que temblara, preferí alcanzarlos…