31 julio, 2017

El PRD y el 2018: ¿muerte o resurrección ideológica?

Osmar Cervantes González / @IOsmarCervantes

En diciembre de 1982 México padecía uno de los peores momentos de su historia. Al mismo tiempo que el entonces presidente José López Portillo entregaba la banda presidencial a quien años más tarde daría apertura al nuevo modelo económico de corte neoliberal –fuertemente impulsado por los países de primer mundo a través del denominado “Consenso de Washington”–, el panorama económico y social de nuestro país era desalentador, pues en el aspecto económico, el Producto Interno Bruto se desplomó a 0.5, la inflación subió a un inconcebible 100 por ciento y la deuda externa rebasó la cifra de los 100 mil millones de dólares, lo cual se tradujo en implicaciones sociales desfavorables que pretendían erradicarse con el Programa de Reordenación Económica impulsado por el presidente Miguel de la Madrid.

Pero la situación no sólo resultó adversa en los terrenos económico y social, pues aunque ya se vislumbraba un escenario político-electoral distinto en favor de los partidos de oposición, en el sistema político mexicano prevalecía el binomio bien descrito por Cosío Villegas: la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y la existencia de un presidencialismo exacerbado, con facultades extralimitadas, lo cual imposibilitó la tan anhelada democratización del Estado mexicano, pese a los avances, ciertamente indiscutibles, logrados con la reforma electoral introducida en 1977.

No obstante, el statu quo al interior del Partido Oficial llegó a su fin. En 1988 una fracción importante del entonces partido hegemónico se pronunció en favor de la democratización del partido y del sistema político en su conjunto, el cual dio lugar a la escisión del PRI, que más tarde se constituiría –junto con otros partidos de izquierda­– en el Frente Democrático Nacional, postulando a Cuauhtémoc Cárdenas como candidato a la elección presidencial de 1988, cuyos comicios culminarían con la controvertida victoria de Salinas de Gortari, quien asumió el cargo en medio de una crisis de legitimidad.

Ante la difícil situación política que se vivía en ese periodo histórico, en 1989 surgió el Partido de la Revolución Democrática, el cual representó un hito en el proceso de democratización del país, pues por primera vez en la historia se había erigido un partido político de izquierda con una gran fuerza electoral y verdaderamente de oposición, capaz de competir contra el acérrimo electorado del Partido Revolucionario Institucional y su maquinaria corporativista.

La creación del Partido de la Revolución Democrática constituye, sin lugar a dudas, un hecho (o acontecimiento) histórico sin precedentes que no sólo marcó el inició de un sistema electoral plural y más competitivo, sino también la concreción magnánima de un proyecto de oposición con ideales progresistas y en favor de la democratización político-electoral. Así, el nacimiento del PRD, liderado por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, entre otros, representó también una crítica al sistema político mexicano de corte autoritario.

Al día de hoy, según se establece en sus estatutos, el PRD se reivindica como un partido “de izquierda” que tiene por objeto “construir un verdadero Proyecto de Nación”, sin embargo, lo cierto es que desde hace poco más de 5 años dejó de ser el partido de oposición que lo caracterizaba. Desde el ya conocido caso del Pacto Por México, en 2012, hasta las más recientes alianzas con el Partido Acción Nacional, demuestran el proceso de desideologización por el que ha atravesado el partido.

Ahora, dicho partido político –como muchos otros en el mundo­, y como lo advierte la literatura politológica– se ha desprovisto de los ideales que lo hacían un partido opositor, ajeno totalmente al régimen tradicionalista y al binomio PRI-PAN. No es gratuito que el partido político (MORENA) fundado por el excandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador se haya visto ampliamente beneficiado con el vaciamiento del PRD, ya que una fracción significativa de la opinión pública ve en el partido de AMLO un proyecto político alternativo y verdaderamente de oposición.

Indudablemente el PRD se encuentra en una disyuntiva que tendrá que resolver en los próximos meses, pues su decisión definirá de manera definitiva, no sólo el rumbo que seguirá el país a partir de 2018, sino también el destino ideológico de dicho instituto político, que en los últimos años se ha convertido, claro está, en un partido cuya intencionalidad última no es defender los ideales de izquierda, sino mantenerse en la arena electoral a cambio de alianzas pragmáticas y contradictorias, que lejos de favorecer el “voto útil”, terminarán por complacer no sólo a Acción Nacional, sino también (y sobre todo, muy probablemente) al Partido Revolucionario Institucional.

El otrora partido verdaderamente de oposición se ha transformado en un partido pragmático y heterónomo, cuya supervivencia depende del pragmatismo de otros partidos cuyo objetivo es frenar a quien, de acuerdo con la más reciente encuesta nacional de Grupo Reforma, “se ha consolidado como puntero en la carrera por la silla presidencial”.

En 2018 seremos testigos de la muerte o resurrección ideológica del Partido de la Revolución Democrática que estará en función de la determinación que tomen las cúpulas de ese partido en los próximos meses: ¿Se reivindicará el PRD como un partido de oposición y actuará en consecuencia, u optará por sepultar su capital simbólico e ideológico haciendo alianzas con partidos cuyo proyecto es totalmente distinto a su directriz ideológica (ya en tela de juicio)?