13 julio, 2017

Almodóvar, Nolan, Netflix, Chicharito y el cine

@unogermango

Pedro Almodóvar fue quien empezó los dichos contra las producciones cinematográficas hechas por Netflix, aquellas que aparecen directamente en las pantallas de la computadora sin pasar por las salas de cine. Alguien tenía que comenzar la controversia y las opiniones del director español tienen un peso categórico. Ese día comenzó el debate sobre la adaptación del público al streaming, las cada vez mayores complicaciones para acudir a las salas de cine, y los conceptos académicos y empíricos sobre lo que es el cine. Empiezan pequeñas batallas del presente contra el pasado, de las pantallas grandes contra… cualquier otra pantalla.

Sucedió en el prestigioso festival de cine de Cannes. Almodóvar, una de los dioses vivos del cine, mencionó como paradójico que una película producida por Netflix –y que no pasará por los cines del mundo–, pudiera ganar un premio en un festival de cine. Desde que Netflix apareció como empresa productora de contenidos, la programación televisiva comenzó a temblar; por supuesto, la producción cinematográfica pronto fue alcanzada por la tecnología y por la realidad.

El señalamiento de Pedro Almodóvar iba en un sentido: la proyección en una pantalla de cine es irremplazable. Metros y metros de proyección, según su perspectiva, no pueden compararse con la pequeñez de ver una historia en una pantalla de computadora, o mucho peor, de un teléfono. Tiene razón: ¿quién prefiere ver a Scarlett Johansson o a Jude Law en un celular cuando podría verlos en una pantalla de 5 x 8 metros? Ningún juicioso preferiría el celular… ¿o sí?

Eso fue hace un par de meses, en mayo del 2017. Ahora llega, como relevista de Almodóvar, un geniecillo hollywoodense de nombre Christopher Nolan, famoso por dirigir algunas películas que se han vuelto de culto –y célebre por el culto que tiene hacia sí mismo–. Sus opiniones tienen una alta autoridad por ser uno de los directores de cine que logran combinar, en gran medida, el cine de acción norteamericano con narrativas profundas y filosóficas. Dos pesos pesados contra las nuevas tendencias cinematográficas.

Nolan, fiel a sí mismo, sentencia que Netflix no es más que una moda y su producción cinematográfica no son películas, porque películas sólo son aquellas que se pueden ver en el cine. Aseveró, además que no deberían ser aceptadas en festivales de cine porque no son películas (sic, pero en inglés). Él jamás las aceptaría si dirigiera el festival: “como cineasta, mi único objetivo y compromiso es crear experiencias que sólo puedan vivirse en una sala de cine”, dijo, lo cual es absolutamente falso porque sus películas se pueden revisitar con verdadero placer, una y otra vez, en una pantalla en la sala de cualquier casa. Quizá no sabe que varias de sus películas están en Netflix.

Pero una gran verdad sobre las salas de cine llega con una frase aplastante de Nolan: “lo que se vive en la oscuridad del cine es imposible vivirlo en ningún otro formato”. Y ahí sí, en estos tiempos aciagos para los cinéfilos, habrá que darle la total y absoluta razón a Christopher Nolan, porque pisar una sala de cine ha dejado de ser placentero por un simple motivo: hemos perdido la batalla contra los idiotas.

Casi sin darnos cuenta, los imbéciles se apropiaron de las salas de cine y el cine, como lo conocen Nolan y Almodóvar, sólo está en su imaginación. Al cine ahora se va con resignación y por eso mucha gente se muda, con genuino gusto, hacia Netflix.

Desde hace algunos años es imposible sentarse en la sala del cine sin que, en un momento cualquiera, se encienda la pantalla de un teléfono celular. Aún más terrible es que suene constantemente el pitido de Whats app; y todavía peor, que contesten el cel cuando les llaman: “estoy en el cine”, dicen los idiotas con sus voces de idiotas y el idiota del otro lado de la línea, con una similar voz de idiota, continúa la plática en lugar de colgarle al borrico que se atrevió a responder a una llamada en la oscuridad de la sala.

El “Chicharito” Hernández, una gloria deportiva del futbol mexicano, colocó en su página de Instagram imágenes donde aparecía el rostro de Emma Watson en su interpretación de Bella. Chicharito escribió algo sobre la actriz y los medios de la farándula ardieron.

“Emma Watson, amor platónico del Chicharito”; “Chicharito revela en Instagram su crush hacia Emma Watson” y, el mejor de todos los encabezados, una joya de la edición: “¡Quéee! ‘Chicharito’ cambió a Camila Sodi por Emma Watson”. Quienes reprodujeron la nota ni siquiera observaron un detalle: la toma fue hecha a la pantalla del cine. Incluso se notaban los subtítulos en alemán, porque Chicharito va al cine en algún barrio germano. “Los ángeles existen”, dictaba la captura, y acompañaba a la frase un emoticón babeante. Lo que ya no existe es la posibilidad de encontrar un cine sin idiotas.

Debe ser fácil sentenciar, como Nolan o Almodóvar, que el cine es un templo, porque ellos tienen la oportunidad de asistir a salas en donde sólo ellos puedan, en completa tranquilidad, admirar una película. El resto de quienes buscamos disfrutar alguna, preferimos, ahora, verla lejos de un cine. Y los servicios de streaming tienen catálogos cada vez más jugosos.

Cada vez que una tecnología intenta alternarse con otras, hay reticencias. Así nos cuenta la Historia la oposición de la radio y el cine ante la televisión o de la industria editorial ante los libros electrónicos. Y todo ello coexiste sin problemas mayúsculos. La idea lanzada al aire de Almodóvar y la pataleta de Nolan no alcanzan a objetar, con argumentos serios, la irrupción de empresas como Netflix en la creación de contenidos cinematográficos. Su grandeza como directores de películas no basta para limitar el cine a sus conceptos, ni para interferir en el arraigo hacia procesos tecnológicos y, mucho menos, para influir en las tendencias visuales de las nuevas generaciones.

Los cineastas con ideas tan constreñidas tendrán que buscar tesis sólidas para mantener sus conceptos como predominantes, algo que se avecina imposible. No habrá academia cinematográfica en ninguna nación que pueda ir contra los preceptos usados para sus premiaciones. ¿No es la misma actuación la que se ve en el cine a la que se disfruta en un iPad? ¿Un profesional de la fotografía deja de serlo por hacer una película para Netflix? El padrino sigue quitando el aliento porque la narrativa es magnífica. Eso se sabe, incluso, viendo la película en un teléfono.

El cine, mejor dicho, las salas de cine, se han vuelto terrenos para liberar el mal gusto. En verdad: ¿quién, que no sea un imbécil, disfruta un “ring” de celular mientras Heath Ledger cuenta la historia de cómo “The joker” se hizo sus cicatrices? ¿Quién puede aflojar el llanto al escuchar a Penélope Cruz cantar Volver si al lado alguien revisa su whats? La aristocracia de Pedro Almodóvar y Christopher Nolan sucumbe por su ignorancia sobre una realidad que sucede millones de dólares por debajo de ellos.

Las voces que faltan en este debate –que sólo ha quedado en los tabloides– son las de la academia. Desde los datos científicos se podrá entender mejor el paso de una tecnología a otra, el cambio de un gusto por otro, y la comprensión de las posibilidades que nos trae la alternancia de servicios de streaming con las proyecciones tradicionales. ¿Tendrán que adaptarse conceptos como “cine” y “películas” por rabietas petulantes como las de Nolan? ¿Se buscarán nuevas categorías para un arte que es el mismo, pero donde cambia la forma de exhibición? No lo creo, pero esperemos a ver qué nos dicen las ciencias sociales.

Este debate empieza. Y los primeros rounds los van perdiendo los detractores del presente.

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