6 julio, 2017

Inteligencia fallida

La última media centuria del siglo pasado estuvo marcada por una destacada persecución política en contra de movimientos y personajes connotados de la sociedad mexicana. Cada gobierno en turno se encargó de trazar una serie de medidas, programas y operaciones dedicadas exclusivamente a la localización, seguimiento y vigilancia de detractores políticos, sectores sociales y grupos guerrilleros –tanto en el campo como en la ciudad–. Para ello no sólo echó mano de servicios de inteligencia extranjeros, sino que creo los propios. Así nació la Dirección Federal de Seguridad (DFS) que después se transformó en CISEN (Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional), el cual sigue orquestando operaciones de “inteligencia” y desde donde, sin escatimar recursos ni medidas, ha realizado exhaustivas tareas de vigilancia.

 

Hace dos semanas, el lunes 19 de junio, el diario The New York Times publicó un reportaje titulado: “Somos los nuevos enemigos del Estado’: el espionaje a activistas y periodistas en México”, donde se devela paso a paso como el Estado Mexicano realizó la compra de un software israelí, capaz de intervenir cualquier smartphone para llevar a cabo un sistemático monitoreo de cualquier persona a través de su dispositivo móvil. Los periodistas mexicanos crearon el hashtag #gobiernoespía para denominar las labores, al parecer ilegales, del gobierno mexicano. Lo que sucedió más adelante es ya bien conocido y decenas de artículos, videos y notas fueron publicadas por figuras políticas, mediáticas y sociales. Sin embargo, es necesario conocer dos palabras clave en este thriller político: espionaje e inteligencia ¿qué significado tienen? Y sobre todo, ¿cómo han sido utilizados en el actual sexenio?

En ambos casos, encontraremos el mismo significado: obtención y recopilación de información, con distintas variaciones, con base en necesidades y objetivos. La única diferencia es que el trabajo de inteligencia debe de ser sustentado por un aparato jurídico y el espionaje, en la mayoría de las ocasiones carece de él. Entonces, el grave problema radica en esta breve definición, pues nos encontramos frente a un trabajo muy criticado en la mayoría de esferas políticas, económicas y sociales. La ambigüedad se da en el momento que se enfrentan la secrecía con los reflectores. Dicho de otra manera, el trabajo de inteligencia se convierte en espionaje y viceversa. Todo depende de quien se hable. Aunque es necesario enfatizar que nuestro objetivo no es hablar sobre los sinsabores que provoca el trabajo de inteligencia, sino analizar cómo este último ha venido en picada desde el retorno del PRI a Los Pinos en diciembre de 2012.

Mucho antes del reportaje del New York Times, semanarios mexicanos daban cuenta de la vigilancia a la que eran sometidos los ciudadanos por parte del Gobierno Federal. En 2015 la revista Proceso, mediante un reportaje especial titulado “Los mexicanos espiados hasta en la cocina”, daba cuenta de los programas cibernéticos adquiridos por los gobiernos federal y estatales para realizar espionaje. En aquella ocasión no se tenía conocimiento de personas que estuvieran siendo intervenidas por el gobierno, pero el reportaje del New York Times les puso nombre y apellido.

Desde el hijo de Carmen Aristegui hasta Juan Ernesto Pardinas (presidente del Instituto Mexicano para la Competitividad) fueron algunas de las personas que, según el Times, eran objeto de espionaje por parte del gobierno mediante la infiltración del software israelí. Tras una semana de la publicación, y más allá de la parafernalia digital muy poco se ha aportado al caso, solo la revista Proceso ha abonado nuevos datos y recopilado antiguas investigaciones en casos relacionados. En su número 2121, la revista dedica una sección especial para entender más a fondo el problema; en ésta explica que, lejos de ser algo nuevo, la compra de software para espionaje devela un entramado oculto de redes empresariales ligadas a la esfera política desde hace varios años.

El grave problema –que hasta ahora no ha sido señalado– es el estado en el que se encuentran nuestros servicios de inteligencia, mismos que dedican tiempo y recursos para llevar a cabo operaciones “selectivas” entre la sociedad mexicana. Lo que se develo hace dos semanas sólo fue la confirmación de lo que entre líneas se podía leer: el uso de la inteligencia civil en beneficio de intereses políticos. En el pasado, las agencias de inteligencia tenían objetivos claros como movimientos sociales y subversivos; los esfuerzos que se realizaban eran en pro del régimen priista. En aquellos momentos, aunque no se tenía certeza de la efectividad de las operaciones o las dobles partidas que los agentes pudieran tener, prevalecía un aparato sólido de inteligencia, con un complejo y sistemático manejo de la información. Así fuera en la ciudad o en el campo los agentes de inteligencia eran capaces de detectar, perseguir y terminar con la vida de todo aquel que fuera señalado como “amenaza” para la seguridad nacional. No obstante, como en la mayoría de las persecuciones políticas los efectos colaterales fueron desastrosos, la guerra intestina que vivió la sociedad de la época se tradujo en lo que conocemos hoy en día como “guerra sucia”.

El tiempo pasó y la guerra se reconfiguró. Mientras las guerrillas se iban extinguiendo una nueva figura iba creciendo: el tráfico de drogas sumado al aumento de la delincuencia organizada se convirtió en lo que hoy llamamos crimen organizado. Cabe mencionar que el fin de la DFS se debió a la penetración del narcotráfico en ella. El punto más álgido lo alcanzó en el año de 1985, tras el secuestro, tortura y muerte del agente de la DEA Enrique Camarena. Tras varios años de constantes investigaciones se dio a conocer que, los agentes de esa dependencia trabajaban bajo las órdenes del cartel de Guadalajara. Debido a todo esto y por mandato presidencial, la Federal de Seguridad se disolvió y en su lugar se creó un directorio de seguridad nacional, nombrado por vez primera DISEN, lo que posteriormente paso a ser el CISEN.

El fortalecimiento del narcotráfico en la vida nacional fue un giro de 180 grados para la seguridad interna del país. Por un lado, los primeros cárteles nacidos a finales de la década de 1990 provenían de grupos tácticos del ejército (GAFES); por el otro, la corrupción se volvió un factor imperante en la supuesta guerra contra el narco. Lo primero nos permite observar las fallas estructurales en las entrañas de las instituciones de defensa y seguridad; lo segundo apunta una constante a lo largo del combate a las drogas: la corrupción reflejada en un círculo vicioso imposible de terminar. Luego entonces, podemos decir que la llegada del crimen organizado a la vida nacional ha provocado severas fallas en la inteligencia civil con la penetración del narcotráfico en ellas, dando como resultado el nacimiento de tránsfugas en lugar de agentes de inteligencia.

El problema hasta ahora es que no ha existido un servicio de inteligencia capaz de realizar un combate eficaz al narcotráfico ni mucho menos a la delincuencia organizada ya que como mencionamos, ha sido infiltrado por los propios delincuentes. De ello resulta necesario admitir que, existe un régimen que utiliza esos servicios para sus propios fines, lo cual ha provocando la decadencia de los mismos, que a diario operan al servicio del mejor postor.

Lo que revelaron los periodistas Azam Ahmed y Nicole Perlroth en su reportaje del New York Times, no es más que la punta del iceberg. Puede que en estos momentos se haga un monitoreo constante de todo tipo de textos publicados con la batuta del espionaje. La escritora Elena Poniatowska escribió un artículo en el periódico la Jornada sobre el espionaje del que fue víctima durante muchos años. En una cita con el pasado, la escritora visitó el Archivo General de la Nación y contempló los documentos que la DFS elaboró sobre la vigilancia de la que era objeto. La anécdota completa fue vertida en su texto, mismo que nos sirve a la perfección para ilustrar cómo el Estado siempre mantiene bajo vigilancia a quien le resulta incómodo. En el siglo pasado lo hacía con técnicas rudimentarias, pero hoy en día, con programas cibernéticos avanzados.