10 junio, 2017

La memoria no se crea ni se destruye, sólo se decanta

10 de junio no se olvida

@octaviosolis

Después del dos de octubre de 1968, el movimiento estudiantil quedó prácticamente paralizado. El golpe que le fue asestado fue brutal. A partir de esa fecha los estudiantes dejaron de salir a la calle. No fue sino hasta tres años después que empezaron a cobrar confianza, a reconstruir su organización para volver a movilizarse en las calles.

Corría el año de 1971, en esos días fueron liberados, o regresaban del exilio varios dirigentes estudiantiles del 68 (Heberto Castillo; Raúl Álvarez Garín; Eduardo Valle, El Búho; Gilberto Guevara Niebla, entre otros). Aunado a esto, el discurso del recién electo presidente (Luís Echeverría, 1970-1976) fue de “apertura” democrática, basado en un intento de acercarse a los universitarios y alejarse, según él, de su antecesor.

Todas estas condiciones generaron una pequeña confianza, lo que permitió reconstruir el tejido organizativo entre los estudiantes. En las facultades y escuelas se empezaron a generar reuniones, discusiones y hasta asambleas. También por esos días, en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) se gestó una protesta por la aprobación de una Ley Orgánica que contravenía el espíritu autonómico de la Universidad. Los estudiantes estallaron la huelga y solicitaron el apoyo de todos los universitarios del país.

En la Universidad Nacional fue recibida la solicitud de solidaridad como una prueba de fuego, un cáliz para cobrar confianza y mostrar organización; que el movimiento no estaba diluido, sólo en descanso. La fecha acordada para la protesta nacional fue el 10 de junio de ese año. Las discusiones fueron duras, complicadas. Finalmente se aprobó salir a marchar.

En esta segunda represión no fue el ejército ni los granaderos quienes arremetieron contra los estudiantes, sino un grupo entrenado, camuflado dentro de los mismos universitarios, conocidos como “Los halcones”. Hubo decenas de muertos. La policía que se encontraba presente fue un testigo de piedra, nunca hizo un intento por detener la masacre.

Dicha represión mostró la verdadera cara de Luís Echeverría. Toda su demagogia “revolucionaria” quedó expuesta, ya que en varias ocasiones habló de renovar a su partido y alejarse de “los emisarios del pasado”, en alusión clara de Díaz Ordaz. Recuperar las calles, el Zócalo, las grandes avenidas fue un proceso largo y sinuoso. En esa lucha se sumaron nuevos sectores además del estudiantil: el sindicalismo universitario, la corriente democrática de los electricistas, los partidos de izquierda, etc.

Las movilizaciones recientes del #YoSoy132 ha recuperado no sólo el agravio de la represión del 10 de junio, sino todo el cúmulo de oprobios que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perpetró por más 70 años contra las mayorías. ¿Por qué cuando fue la represión en Atenco, en 2006,  apenas salimos a marchar no más de 5 mil, y ahora es una de las principales razones en las últimas manifestaciones de 50, 100 mil personas?

Me atrevería a decir que es porque entre el 3 y 5 de mayo de 2006, cuando se reprimió al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), se hizo con una previa campaña mediática en contra de los pobladores de Atenco. La represión se preparó con la ayuda de los medios tradicionales de comunicación. Tuvieron que pasar seis años y generarse desde las redes sociales, una opinión pública alterna, más objetiva. El arraigo de las redes sociales en México no tiene más de cinco años.

Los jóvenes universitarios de hoy, han decido revolver las aguas estancadas para renovar al país, y al hacerlo, han hecho que resurjan acontecimientos que se encontraban decantados en la memoria colectiva.

Por eso, ni perdón ni olvido.

Publicado el 10 de junio de 2012