16 mayo, 2017

Un siglo de Rulfo

Pedro Páramo, agua disuelta en la eternidad

La obra maestra de Rulfo es universal porque es un poema narrativo sobre la condición humana. El mundo es ese lugar al que hemos llegado a presenciar cómo se deteriora la vida. “Por la puerta se veía el amanecer en el cielo. No había estrellas. Sólo un cielo plomizo, gris, aún no aclarado por la luminosidad del sol. Una luz parda, como si no fuera a comenzar el día, sino como si apenas estuviera llegando el principio de la noche”.

La vida se parece más a ese cielo plomizo que a una luz esclarecedora; en la existencia, como en Comala, siempre está anocheciendo. Y los ruidos que llegan a rastras no pertenecen a nadie, son un espectro que surge para en seguida desintegrarse. Y las fuerzas que motivan al espíritu pronto envejecen; el amor deviene en sufrimiento, la memoria en olvido. “El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo”. 


Rulfo fue un escritor que comprendió la fragilidad del hombre frente al violento paso del tiempo. Quizás por eso prefirió un lugar donde el tiempo estuviera ya descuartizado; al menos ahí las almas hablarían sin el pesar de los recuerdos. Pero no, aquí no se oye nada, ni siquiera la lluvia. Ruidos callados, lágrimas, oraciones sin destino. “Oyes quejidos, risas, unas risas ya muy viejas como cansadas de reír. Y voces desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que todos esos sonidos se apaguen”. La vida, como el amanecer de Comala, es brumosa. Y en el cielo se ven una cuantas “nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día”; cielo entorpecido, cielo sin aire que no escucha plegarias. El mundo es ese sorbo de vida del que uno se deshace, un ruido sin forma como si hubiera sido pronunciado en el delirio. 


Juan Rulfo fue un escritor sumido en el desánimo, porque vio que el fundamento de la vida es su propio exterminio; una flama a punto de consumirse, un sueño que habrá de disiparse con el primer fulgor del día. “Y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si se viviera siempre en la eternidad”, diría Rulfo en “Luvina”. Porque los muertos aún tienen recuerdos y en el cielo del inframundo aún pueden verse las estrellas. 


Los entes de Comala aún tienen deseos; su rencor, su tristeza se escapan de las paredes; son agua despierta, agua disuelta en la eternidad. Más allá, ahí donde la noche solloza en una lluvia de estrellas, los muertos aún aman. Porque el amor de Pedro Páramo a Susana San Juan ha librado las fronteras que delimitan la realidad y la fantasía. 


Más allá, ahí donde una mente maestra creó un pueblo que ha trascendido todos los tiempos, hay un hombre, desmoronado como piedras, que seguirá anhelando: “Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana…”

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