3 mayo, 2017

El ADN nacionalista

Miguel Cervantes

Todos los nacionalismos son ambiguos. No ha existido una definición que categóricamente ordene las condiciones a saber, si la idea que ronda a nuestros honorables dirigentes, se trata de un momento de lucidez o simplemente se les ha metido una mosca en la cabeza.

Esa indefinición hace peligroso al nacionalista. El concepto “Estado-Nación” surge de la ruptura con rígidas estructuras basadas en relaciones privadas entre señores feudales y la noción organizativa del territorio basado en intereses dinásticos; el nacionalismo, así en abstracto, abarca desde el fervor proteccionista de recursos territoriales, hasta el oportunismo xenófobo y violento.

Como sabemos, la relación entre señores feudales y vasallos jodidos fue decapitada gracias a la profana sociedad francesa del siglo XVIII. Tal fenómeno representó la ruptura con el régimen monárquico, sin embargo, su trascendencia resulta de la exaltación del nuevo carácter social y popular. La modernidad se estrena en Francia.

Se fundó un gobierno con clara división de poderes, nada más, y nada menos, que en uno de los corazones del ancien regime, con poderosísima idea sustentada por un robusto respaldo popular; la imitación del modelo fue inevitable.

Así los primeros esbozos del Estado-nación moderno. Materializado en la excepcional experiencia estadounidense, seguido por la unificación alemana, italiana y polaca. Todos aparecieron en medio de revoluciones imperiales que no terminan de encontrar su lugar en el mundo hasta la firma del Tratado de Versalles y posteriormente finalizada la segunda guerra mundial.

Con territorios consolidados las naciones florecieron pero los conflictos aún permanecen. El ascenso de Mussolini en Italia, o Hitler en Alemania, que sancionan u organizan las peores atrocidades contra la humanidad, son claros ejemplos del peligro que resultan los nacionalismos exaltados bajo mando del algún rufián tipo Donald J. Tump.

Sobre esa base se construyen distintas experiencias nacionalistas a lo largo del siglo XIX. Quedó claro en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que el individuo realmente importa, y mucho, por tanto, medios de comunicación y “opinión popular” aun más porque están dotadas de la voz de todos.

Vimos nacer la soberanía popular y la voz del pueblo. Es el momento en que los nacionalismos cobran relevancia histórica, pues a partir de ese momento, cualquier decisión, aunque sea en retórica, tendrá que atravesar por cierto interés popular.

Mientras tanto el conflicto consolida identidades en distintas direcciones, simultáneamente y por medio de disputas bélicas: Alemania a Europa (dos veces); el imperialismo inglés a buena parte del mundo, al igual que el francés, japonés, italiano, español y estadounidense en relación con respectivas colonias, latitudes y tiempos.

El nacionalismo es tan escurridizo que alega igual a la soberanía popular y al sentimiento de pertenencia chovinista de corte imperial tipo británico; o al dominio de voluntad y territorio estilo Bismark o Napoleón; hasta objetivos concretos como protección de recursos económicos como lo hecho por Nasser en Egipto, Perón en Argentina o Cárdenas en México.

Los nacionalismos pueden ser todo o nada. En contadas ocasiones la experiencia nacionalista suele derivar en resultados al servicio del interés popular genuino, y en general, responde a intereses de clase, interna o foránea, que termina por deformar el impulso social originario.

Históricamente los nacionalismos terminan por ofrecer nada sustantivo respecto solución de conflictos, sino todo lo contrario, sin embargo, nunca se les ha negado consideración al delinear políticas nacionales e internacionales ¿Hasta dónde sostendremos la misma mentira?

Incluso hay quien afirma que los países son falacias, si atendemos a Benedict Anderson, pues sostiene que los países son meras “comunidades inventadas” derivadas de distintas necesidades humanas que se han convertido en una parte esencial en la modernidad.

Tal “artefacto inventado”, como cualquier otro, podría convertirse en una pesada realidad. Se han construido identidades a partir de mitos e imaginación, se edifican civilizaciones y se justifican victimas de verdad por razones imaginarias.

Parece ser que aquel sentimiento nacionalista, con el que usted, estimado lector, se identifica perfectamente, podría ser el símbolo de la calamidad, o bien, el ideal libertario del mañana. Depende la suerte de cuándo y dónde nazca.

Sin embargo, no es necesaria la condena a lo etéreo. La aceleración y profundización del desarrollo técnico y científico a parir del siglo XX, consolida rápidamente, cambios epistemológicos en todo ámbito de la vida. Incluida la concepción del humano en sí.

Se abren fronteras entre el sujeto y el mundo exterior. Las posibilidades de entendimiento e intervención inciden profundamente en las relaciones humanas y ambientales que plantean serios cuestionamientos sobre nuestros propios límites.

La tecnociencia moderna inaugura una etapa histórica en la experiencia humana imposible de ignorar. Como sacado de ciencia ficción, desde clonación terapéutica, biología sintética, nanotecnología, hasta medicamentos personalizados, la exploración secuencial genética abre innumerables posibilidades.

Por ejemplo, una agencia de viajes, en el año 2016 lanza un concurso como campaña publicitaria, el cual incluye una prueba de ADN, con el objetivo de rastrear la herencia genética individual con alcance de 2000 años de una persona elegida al azar,  conocer las regiones del mundo donde proviene, y así ganar un viaje a todos esos lugares.

El trabajo audiovisual que documenta el concurso, tal vez sin proponer, advierte a los participantes que países y nacionalidades solo existen en la mente humana. Aquí el video:

Ya no es cuestión de creencias, credos o ideologías para afirmar lo similares que somos. Tenemos certeza que existe algo tan pequeño, que cabe en el interior de una célula, y confirma a la humanidad que compartimos entre el 95.5% y 99.9% de estructura básica biológica, por lo tanto, las diferencias entre una persona y otra son mínimas.

Este diminuto descubrimiento, incluso, afirma el transcurso evolutivo de la vida en la Tierra y los procesos que tienen lugar los seres vivos. Ni en sueños Darwinianos se presentaría lo que tenemos en común respecto a información genética con todo ser vivo como bacterias, animales y plantas.

A pesar de todo, la historia de nacionalismos elitistas que en siglo XIX abrazaron al conservadurismo puede no terminar pronto. Es usual encontrar argumentos, bastante rancios, fundamentados a partir de rasgos de corte étnico, cultural, religioso y económico como punto de partida de políticas gubernamentales.

De los 21962 genes que los seres humanos poseemos, el 98% es compartido con algún otro animal y un 20% de origen vegetal. Visto desde otro ángulo, la mosca que se le metió al honorable dirigente nacionalista, sea de donde sea, comparten más o menos el 55% de parentesco biológico. Científicamente comprobado.

Sobre ideas fluctuantes y esenciales se han construido identidades colectivas. A partir de mitos y tabúes, se han edificado civilizaciones sobre pilares oníricos, sin embargo, no podemos negar que es necesario un esquema capaz de transformar una sociedad aforada por intereses individualistas.

Nacionalismos fervientes tomaron calles como respuesta colectiva, sin embargo, desató xenofobia, intolerancia, guerras y genocidios. La ciencia podría brindar las directrices para adecuación de marcos políticos, nacionales e internacionales, que sin perder especificidad en tiempo y un espacio, sea capaz de superar diferencias colectivas sin negarlas.

Afrontar el fenómeno de odio colectivo y selectivo, guerras y genocidios de manera distinta, implica necesariamente revisión a la ciencia moderna. Probablemente la “memoria histórica” en el futuro logre reposar no en la única y extraordinaria experiencia de un pueblo, sino en la formidable experiencia de vida registrada por toda la humanidad. Por el bien de la vida humana…y no humana.