19 febrero, 2017

Debatir sobre nacionalismo

Su vigencia y viabilidad en México

@octaviosolis

Apremia un Foro para debatir de manera pública, el concepto nacionalismo. Urgen propuestas y alternativas políticas en nuestro país. Aquí adelantamos algunas consideraciones sobre lo que puede sugerir el nacionalismo más allá de las posiciones de coyuntura o lo políticamente correcto.

El mito nacionalista se encuentra hoy más vivo que nunca. Para muchos es sinónimo de ideología rancia del siglo XX. Populismo, corporativismo y autoritarismo priista. Estos adjetivos últimos, en algo se acercan a su descripción histórica, pues quien encarnó y concretó en México el mito, fue el Partido Revolucionario Institucional (PRI) desde inicios de la centuria pasada, pero quedarnos sólo con esta visión, obnubila su vitalidad actual, su vigencia y potencial transformador para los años que vienen en nuestro país.

La conformación de un Estado nación no es un proceso histórico exclusivo de México. Fue un camino recorrido por todos los países desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XX. Algunos como Inglaterra, Francia, Estados Unidos se adelantaron, otros llegaron un poco más tarde como Alemania, Japón, Italia. Hubo quienes empezaron su conformación nacionalista hasta la pos guerra, sobre todo en Medio Oriente y África. Cada experiencia es única.

Fruto de revoluciones, movilizaciones sociales, concertaciones políticas, golpes de Estado según sea el caso. Mezclada con distintas ideologías como el liberalismo, socialismo, comunismo, fascismo, también según sea el caso. Iniciativas encabezadas por la izquierda o la derecha, pues el mito nacionalista no se circunscribe a una ideología, ni tampoco lo es. Por eso es que tenemos a un Hitler en Alemania, Mao Zedong en China, Fidel Castro en Cuba, Lázaro Cárdenas en México, y ahora un Donald Trump en Estados Unidos.

En la experiencia mexicana el mito apareció mucho antes que el PRI e incluso le ha sobrevivido después del viraje de proyecto nacional que asumió la élite política, al apostar por el neoliberalismo. Es decir, el mito es antes y por encima del PRI. Sucede que reconocer esta autonomía y al mismo tiempo, fusión del nacionalismo con la “familia revolucionaria”, nos permite entender la sólida legitimidad que gozó el régimen de partido hegemónico durante casi todo el siglo XX, sin que tengamos que reducir el nacionalismo como sinónimo de priismo.

Nuestro nacionalismo empezó a germinar en el imaginario colectivo, paradójicamente después de la pérdida de más de la mitad de nuestro territorio con la invasión norteamericana (1846-1848), no es casualidad que el himno nacional surgiera pocos años después (1854), aunque el momento fundacional del nacionalismo mexicano, se da con la resistencia contra la intervención francesa (1862-1867) y su momento cumbre durante el largo proceso revolucionario (1910-1921), así como entre el Constituyente de 1917 y la expropiación petrolera de 1938. Dicho de otra manera, en la experiencia mexicana, nuestro nacionalismo ha sido mayormente un arma defensiva.

En esencia, no es otra cosa que a) la defensa del territorio, b) la soberanía y c) la recuperación de los recursos naturales para y por los mexicanos; tres simples ideas vigentes y urgentes como eje de un proyecto político ante la embestida por venir. Cuando los priistas abandonaron el mito nacionalista en la década de los ochenta, éste no se extinguió, reencarnó en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas, quien logró la unidad de buena parte de las izquierdas mexicanas. Ahora se ha reciclado en la figura de Andrés Manuel López Obrador, y al margen de si nos convence o no su liderazgo, es quien se ha fortalecido frente al anti-mexicanismo de Trump.

Los trabajadores, de José Clemente Orozco

El problema con el concepto nacionalismo, es que se discute poco; sin embargo, se sataniza o se banaliza a la menor provocación. Por eso es ampliamente difundido el discurso de un nacionalismo folklórico, superficial, como si al colgar banderas tricolor en nuestras casas y privilegiar la gastronomía mexicana, se resolvieran nuestros problemas de dependencia económica, por mencionar uno de los tantos retos que tenemos por la vecindad con EEUU. La pregunta fundamental ante esta condición geopolítica determinista es: ¿Qué podemos y debemos hacer frente a la vorágine insaciable de una potencia que ha influenciado nuestra política interna desde nuestros inicios como país? Todo gobernante con estatura de estadista debe tratar de tener una respuesta que garantice dignidad, viabilidad, autonomía y sensatez.

Lo anterior es algo que la actual Presidencia de la República ha dejado de hacer, de ahí que se haya generado un vacío de liderazgo nacional. Aunque en política no existen los vacíos, si acaso sólo espacios mal llenados, pues cuando algo deja de hacerse por incapacidad o desobligación, de inmediato alguien más asume esa labor. Por eso es que asoma cabeza un Carlos Slim con declaraciones nacionalistas, que en realidad encubre sus timoratas ambiciones presidenciables. Sin olvidar la desangelada marcha “Vibra México”, convocada por distintos sectores conservadores.

La urgente necesidad de reivindicar para renovar el mito nacionalista, se ha convertido en mero oportunismo para candidatearse en el 2018. Nadie ha puesto en el centro de sus declaraciones, alguna de las tres ideas simples pero fundamentales de un auténtico nacionalismo. Lo que atraviesa por una política exterior digna y autónoma. El problema es de fondo. Nadie lo ha planteado así, con todas sus letras, porque implica una sólo cosa: revirar las reformas estructurales que nos han impuesto desde hace casi cuarenta años.

Quien se pronuncie en ese sentido, lo lleva a enfrentarse no sólo a una oligarquía nacional, sino internacional, y en estos tiempos, lo convertiría en un loco radical. Y por supuesto que cualquiera que pretenda llegar a la presidencia en el 2018, sería encasillado en un perfil fuera de sitio, por lo tanto, impera lo políticamente correcto, antes que los principios.

Por otro lado, la palabra nacionalismo aterroriza los oídos de quienes defienden un internacionalismo, únicamente capaz de provocar un grandilocuente soliloquio, pues a pesar de que contiene un discurso mejor construido ideológicamente, menos peligroso y con menores tentaciones autoritarias, no es suficiente para conectarse con las emociones colectivas del grueso de la población. Una izquierda que sólo es autoreferencial a pesar de su elaborado discurso, sin poder interpelar a las grandes masas, seguirá en su inmaculado pedestal, con su mirada altiva pero al margen de los procesos políticos nacionales. Cabe señalar que han existido los nacionalismos como el cubano, que lograron combinar si no un internacionalismo, por lo menos una solidaridad internacional, con otros procesos emancipatorios.

Uno de los mayores riesgos de los nacionalismos, incluso de izquierda, es precisamente la conformación de regímenes autoritarios, pues ese fue el destino histórico de la gran mayoría. Aunque es más factible que haya sido más que su resultado, una coincidencia histórica en la búsqueda de los distintos pueblos, por la consolidación de sus Estados, lo que condujo hacia la concentración del poder, antes que a la regulación del mismo. Pues hubo nacionalismos como en Inglaterra y EEUU que no derivaron en eso. Este es en definitiva, un tema pendiente para debatir.

Por lo pronto, uno de los riesgos del nacionalismo mexicano de hoy, es que nos vuelvan a vender la idea de la “Unidad Nacional”, como sucedió en 1940, cuando Ávila Camacho hizo el llamado a la unidad por el contexto de guerra, que lo único que trajo consigo, fue el fortalecimiento del régimen autoritario, el corporativismo sindical y el enriquecimiento de unos cuantos. Apelar a la Unidad Nacional es hacerlo desde la abstracción, donde se eliminan las desigualdades y las diferencias ideológicas, lo que redunda en beneficio de quienes gobiernan. Si gobernaran realmente para el pueblo, la confianza y la unidad serían sin cortapisas pero no es así. Por lo que primero toca cambiar y mejorar al interior del país.

De lo que se trata es de sumar, pero desde la idea de la “Unidad Política”. Esto es, aglutinarnos en torno a un programa político que contemple un proyecto alternativo de nación para recuperar la dignidad nacional, la soberanía, los recursos naturales y que distribuya la riqueza. La unidad sí, pero sobre la base de un eje programático, no sobre una abstracción alimentada en un nacionalismo chato y desdibujado. La unidad de buena parte de las izquierdas en México es un fenómeno que ha ocurrido en muy escasas ocasiones, una de ellas fue en 1961 en el Movimiento de Liberación Nacional, y en 1988 con el Frente Democrático Nacional; ambas coyunturas, alimentadas por el mito nacionalista. ¿Seremos capaces ahora, de construir una gran unidad nacional frente a este nuevo quiebre histórico que hemos empezado a presenciar?

Aludir al mito, no es, de ninguna manera, para desacreditar el nacionalismo, todo lo contrario, es para ubicar su fuerza social revitalizadora, pues no existe nada más poderoso para detonar la voluntad humana a través del imaginario colectivo, que la narrativa y fabulación del mito. El mito no sea crea ni se destruye, simplemente es, necesita para poder concretarse, encarnar en la figura de un líder o una organización. Sin embargo, por si sólo no tiene una dirección, por lo que requiere de un timón ideológico, del imaginario de una utopía para que adquiera sentido esa pasión colectiva.

Dentro de toda la hecatombe que preludia el inicio de gobierno de Trump, hay una ventaja que debemos considerar para potenciarla. Y es que su incontinencia verbal contra los mexicanos nos obliga a aglutinarnos en la defensa y reivindicación de nuestra identidad colectiva. El reto que tenemos en puerta, es hacer compatible el mito nacionalista con un proyecto de izquierda, que incluya nuestra realidad multicultural, de distribución de la riqueza, con los avances y retos ideológicos que reclama una sociedad actual, sin cargar los lastres del corporativismo, en resumen, llenarlo de contenido ideológico, fusionarlo con una utopía del siglo XXI.