29 noviembre, 2014

¿Fue Gómez Bolaños o fue El chavo?

¿Fue Gómez Bolaños o fue El chavo?

Jorge Meneses

jorgemenecs@hotmail.com

 

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Como niño de los ochenta, me tocó ver al Chavo del ocho en su declive. Chistes repetidos, dificultad al caminar, auto sarcasmo al intentar meterse a su barril. Sin embargo, después pude ver sus primeros capítulos y me parecía que tenían su dosis de originalidad. Un niño huérfano, que a decir de Roberto Gómez Bolaños (2005),”no conoció a su papá, o sea, nomás se acostó y se fue”; y a su mamá sí, pero después de un tiempo ella no regresó a recogerlo de la guardería. ¿Un niño huérfano con carisma?

Su vida se instaló en una vecindad. Sin nombre propio, su nombre está vinculado a un espacio inexistente, que fue parte de una retórica cursi, pero que deletreaba una desposesión material y afectiva que podía provocar ternura y risa.

Un “chavo” (palabra que se utiliza en múltiples contextos del continente, que nació en la tv, como los cantinfleos en el cine), que no tiene familia, que sobrevive de la caridad de otros pobres, y en ocasiones de un rentero “bonachón”.

Cuando Alexander von Humboldt conoce México y describe la ciudad como “La ciudad de los palacios”, también describe un territorio donde unos pocos tienen todo y la mayoría tiene nada o casi nada. Además, menciona que es un país racista, donde le sorprende que, entre los más pobres, los que tienen un poco más sean implacables y crueles con quienes ellos miran inferiores, a quienes miran hacia abajo.

Ese arquetipo lo encarna Doña Florinda, viuda, pero con pensión, mantiene a un hijo a quien somete a un autoritarismo educativo clasista, pues no quiere que su “tesoro, se junte con esa chusma”, o como se dice hoy en palabras de la hija del patrullero cantinflesco EPN911, la “prole”. Ella sería, digamos, La Popis contemporánea de clase copetuda, educada en un set de televisión permanente: la “Dueñita”, heredera de la Casa Blanca, ¿comprada con polvo blanco?
Quico, un personaje que al caminar muestra comicidad involuntaria y es presentado como un simpático tonto al que está permitido hacerle bullying, pues “es sin querer queriendo”.

La Chilindrina, personaje irreverente, huérfana de madre, nos enseña que su padre no es digno de respeto, entre otras cosas por desempleado y “flojo”. Al eterno mil usos de don Ramón lo presentan como un conformista que puede evadir la renta, pero no los golpes cotidianos, es decir, se caricaturiza la violencia interpersonal, pero se maquilla la violencia estructural de la pobreza, pues finalmente “qué bonita vecindad / es la vecindad del chavo / no valdrá medio centavo / pero es linda de verdad”.

El exceso visual de la abundancia lo expresa el Señor Barriga y su Hijo Ñoño (¿qué noño no? O sea…), pues según el argumento de Gómez Bolaños, respondiendo a la pregunta del Profesor Jirafales sobre cómo se les llama a los animales que comen de todo, el Chavo respondió que “los que comen de todo son los ricos”.

Este personaje bonachón, perdona rentas, nos representa un buen casero, capaz de no cobrar más de 14 meses con tal de que no se desintegre la red de amistad. El realismo mágico o el realismo cruel no caben para entenderlo; más bien la simulación del contacto y la retórica de lo directo que, según Martín Barbero, encarna la televisión, hace que la gente “consuma” un imaginario de solidaridad, de la cual carece la televisora que lucrará con los derechos de transmisión del personaje.

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Sobre los viejos, la vecindad tiene en Doña Clotilde a una bruja, sarcasmo por ser soltera y virgen, pecado para una sociedad donde no se concibe a la mujer sin el hombre; don Jaimito el cartero, eterno migrante que recuerda los “crepúsculos arrebolados” de su pueblo y que pese a los achaques visibles, trabaja repartiendo correspondencia y arrastrando una bicicleta que no puede montar. El envejecimiento caricaturizado como cuestión de actitud, no de carencias afectivas, mentales y materiales.

El profesor Jirafales nos quiere convencer de que la disciplina, la obediencia y el aprendizaje de memoria son las armas para ser un buen estudiante. Caricaturizado por sí mismo, el personaje no disputa una pedagogía de libre pensamiento, más bien, presenta un decálogo de cursi disciplina.

Sin embargo, la vecindad nos muestra familias desintegradas, niños con problemas caseros, hambre y diversión. Pero no como un guion para reflexionar sobre la realidad precaria, más bien nos ofrece una metáfora de, como diría José Alfredo Jiménez “en la pobreza se vive mejor”.

Como la misma Florinda Meza lo señala en el epílogo de El diario del Chavo del ocho, esto tendría que ser explicado por sociólogos para entender el fenómeno de masas que los personajes de Gómez Bolaños desataron en América Latina y otros contextos.

Lo cierto es que Gómez Bolaños fue amigo de dictadores, de futbolistas, de empresarios multimillonarios sin escrúpulos, cierto también es que millones ven en El Chavo, El Dr. Chapatín, El Chapulín, El Chanfle, El Chompiras y otros, más que un personaje que comienza con CH, “un tonto muy inteligente” y cercano a sus vidas. Además, es tan contradictorio el sujeto y el personaje que Gómez Bolaños cenó más que una torta de jamón con dictadores e hizo comerciales contra la legalización del aborto. Pero ese fue Roberto Gómez Bolaños porque, al mismo tiempo, como me diría un niño, El Chavo no fue.

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