20 noviembre, 2014

Ya es tiempo

Ya es tiempo

@octaviosolis

Ya es tiempo
Imagen de asamblea en apoyo a Ayotzinapa, 2014.

Ya es tiempo de empezar a hablar de una Federación Nacional de Estudiantes. Con estatutos, organización sólida, vida política permanente. En México existieron grandes federaciones a principios del siglo pasado, las cuales jugaron un papel preponderante en distintas luchas estudiantiles, como la que obtuvo la autonomía para la Universidad Nacional en 1929. Pero que a mediados de la misma centuria, fueron corrompidas, infiltradas, al grado tal que hoy muchas veces son sinónimo de porrismo.

Ya es tiempo de que las izquierdas elaboren a la par, un programa nacional. Utópico y realizable. Construir a largo plazo, por lo menos a dos generaciones, con la suficiente paciencia. De iniciar un debate a fondo de todos y cada uno de los conceptos que han sido proscritos por el nuevo lenguaje político surgido desde el neo zapatismo. No debemos olvidar que las palabras son memoria, pero también posibilidad. La discusión tendría que realizarse en encuentros nacionales convocados por esa misma federación.

Ya es tiempo de hacer a un lado el temor y prejuicio de convertir los movimientos sociales en movimientos políticos. Se necesitan estructuras permanentes, sólidas, que tengan la capacidad de dialogar con el resto de la sociedad, y no sólo resistir, sino transformar la realidad nacional. Impulsar una renovación y rescate de la política que desemboque en un nuevo constituyente y en una limpia de buena parte de la clase política.

Existe en este momento un proceso de politización como no se veía desde la década de los sesenta con la lucha estudiantil. Así como los movimientos campesinos y sindicales de los cuarenta y cincuenta amasaron la conciencia política del sesenta y ocho, el neo zapatismo, la huelga de la UNAM en 1999, Atenco, la APPO, el 132, son el antecedente de esta nueva generación de jóvenes. El reto es, ahora, evitar a toda costa el epílogo de casi todos los movimientos sociales en México: represión y liberación de presos políticos. Eso sería lo único que pudiera retrasar esta inercia social y política. Olvidar las demandas de largo aliento por la liberación de sus integrantes.

Existe una tensión permanente entre los movimientos sociales y los gobiernos en turno, éstos últimos intentan llevar al terreno de la violencia a los primeros, sacarlos de la dimensión política –sobre todo cuando son incomprensibles en su lógica de la cooptación– donde su derrota es inminente, donde no existe acumulación del triunfo en la memoria histórica.

La coyuntura reclama dos momentos. El primero es claro y por todos compartido: presentación con vida de los 43 desaparecidos; justicia. El otro es difuso, divergente: hacia dónde tendría que dirigirse el movimiento. Esta pregunta debe hacerse, salvo que no se logre ver que los brutales hechos en Ayotzinapa no son aislados; son el síntoma de una fuerte enfermedad llamada corrupción, que recorre todos los niveles de gobierno, e implica a  toda la clase política en nuestro país. Incluso en el escenario ideal, deseado, de que aparezcan con vida los 43 normalistas, el problema de fondo sigue presente.

Ya es tiempo pues, de asumir los costos –y que tanto alarman a los puristas de la política– que implica institucionalizar lo social, para evitar los costos de sólo acumular una coyuntura más al memorial de nostalgias, con nuevos mártires, nuevas derrotas que únicamente amputan la memoria, sin permitir un aprendizaje político de generación en generación. De ahí la urgencia de la creación de una escuela de cuadros, de un nuevo partido político conformado por jóvenes.

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